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"Perenne", detrás de las imágenes.

Carmen Blanco

Los días pasan. También los meses. Y las estaciones. Algunas hojas caen y otras permanecen. Al igual que en la vida, hay personas que se van y otras que se quedan. Y también otras veces, uno se queda solo. Con la única compañía de una molesta carretera sonando a tus espaldas, impidiéndote oír el silencio. Un silencio al que estás condenado.

Es tan humano errar como natural son las estaciones. Primavera, verano, otoño e invierno. Amas, te aman, erras y terminas. La vida es para compartirla con alguien. Es para equivocarte. Es para continuar equivocándote. Es para ser odiada por la persona que más te ha amado. La vida es bonita y también es cruel. Algunos problemas persisten en el tiempo. Tanto, que una vez los has superado, vuelves a permitir que se adentren en ti para que traspasen de nuevo tus labios. Y entonces, ya todo está perdido. Si el perdón no vale nada, no hay nada que hacer. Hay que comprender que errar es humano, pero perdonar es divino. Si una pareja no está dispuesta a perdonar, el abismo entre ellas se abre bajo sus pies como si de una grieta se tratase. Pero si la mentira continúa dentro de uno de ellos, entonces, están dentro de ese abismo. Sin la posibilidad si quiera de salir. Solo de destruirlo, con su evidente consecuencia, su separación. Y te abandonan. Y te sientes culpable, desamparado y solo. Lo único que te acompaña a partir de ahora es la soledad. La soledad y algunas hojas que no son perennes que se cuelan por tu balcón en un invierno muy frío.

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